¿Cómo se generan nuestras heridas emocionales? Una cuestión neurofisiológica

Todas las personas tenemos heridas emocionales, es decir, trauma (trauma significa “herida”). Trauma es una respuesta normal a una situación anormal. Y el trauma es una cuestión neurofisiológica: impacta en nuestro sistema nervioso (SN).

¿Y qué quiere decir esto? A lo largo de nuestra vida, especialmente durante los primeros años de ella, somos extremadamente vulnerables al impacto que tiene nuestro entorno en nosotros/as. Somos mamíferos, seres sociales interdependientes y, en esos primeros años de nuestra vida, somos totalmente dependientes de nuestro entorno.

heridas emocionales

En este sentido, un entorno ha de ser suficientemente bueno y seguro como para que los posibles daños que se vayan generando (porque los hay), se reparen. Recordemos que un vínculo es seguro por su capacidad de reparación cuando se produce un daño y no por la ausencia de este.

La cuestión radica en que, debido a nuestra historia colectiva y a nuestras generaciones anteriores, la mayoría de nosotros/as no tuvimos un entorno lo suficientemente bueno y seguro.


Siguiendo a Lise Bourbeau, nuestras heridas pueden ser:

  • De abandono: por ejemplo, si papá o mamá trabajaban mucho y no estaban presentes.
  • De rechazo: por ejemplo, al mostrar una emoción determinada que nuestro entorno la recibía como inadecuada, habremos interiorizado que no es bueno expresar dicha emoción.
  • De traición: por ejemplo, mamá o papá nos prometieron algo y no lo cumplieron.
  • De injusticia: por ejemplo, cuando papá o mamá pusieron unas expectativas muy altas en nosotros/as sin tener en cuenta nuestros recursos: cuidar de otro hermano/a cuando también se era niño/a.
  • De humillación: por ejemplo, si papá o mamá nos trató de manera despreciativa y con crítica, haciéndonos sentir vergüenza.

mujer jugando niños

¿Y por qué tienen tanto impacto en nosotros/as estas experiencias? Como comentábamos más arriba, somos seres vivos dependientes de otros congéneres ya que nuestro cerebro no está completamente maduro hasta los 25 años.

Hasta esta edad es necesaria la ayuda de personas adultas REGULADAS que nos ayuden a que el cerebro se vaya moldeando, ya que nos desarrollamos en esas relaciones. Es, pues, a través de estos vínculos esenciales para nuestra supervivencia en que nuestra identidad (lo que creemos sobre nosotros/as mismos/as) se va construyendo.

Porque durante nuestra infancia y adolescencia principalmente, mientras nuestro cerebro sigue su proceso de maduración, somos autorreferenciales. Es decir, atribuimos que lo que sucede es por nuestra responsabilidad, que somos los/as causantes de lo que sucede. Por ejemplo, “papá o mamá no está en casa nunca porque he hecho algo mal”, “me rechazan porque no soy querible, hay algo malo en mí”, “no soy válido/a”, “no soy suficiente”, entre otras creencias que hemos ido interiorizando por las situaciones vividas en nuestros entornos familiares (y escolares).

Profundizaremos en ello en próximas entradas.

Te abrazamos,

Equipo Kevala Psicología